Bienvenidos al laberinto


Si mal no recuerdo, este es el cuarto blog en el que me embarco. El primero fue "El ornitorrinco y la navaja suiza", allá por 2007. Después vino "La mente en la caverna", que dejé de actualizar en 2015, y finalmente "Treinta pájaros" (de vida muy breve). Los dos primeros todavía se pueden visitar —los pájaros volaron hacia el olvido, o tal vez alcanzaron su destino y encontraron al Simorgh—.

Y aquí estoy de nuevo, vaya usted a saber por qué. Incontinencia verbal, necesidad de compartir lo que me bulle en las entrañas de esa masa circunvoluta que portamos escondida y acorazada bajo la cáscara del cráneo. Para mí es, en realidad, otra forma de aprender. Tal vez parezca en muchas ocasiones que estoy tratando de enseñar, pero es precisamente lo contrario. Exponer a la luz pública lo que se te pasa por la cabeza, incluso si la audiencia es escasa, supone que cualquiera puede comentar y expresar sus propias ideas, y de esa forma te obliga, como mínimo, a reconsiderar tu opinión. Escuchar a los demás te aporta perspectiva, y aunque no te haga cambiar de parecer, al menos te muestra la variedad de puntos de vista y enfoques que conforman el mundo que nos rodea. 

Obviamente, escribiré sobre las cosas que me interesan, las que me importan, las que considero que merecen la pena y el esfuerzo de una reflexión, o al menos una mirada, ya sea inquisitiva o simplemente curiosa. Mi madre me decía con cierta sorna "tú es que eres un filósofo", como si fuera una especie de enfermedad. Y no lo soy. Simplemente creo que a este mundo hemos venido a aprender, y esa es una tarea que no termina nunca. Benditos los ignorantes que se esfuerzan por serlo un poco menos cada día, y pobres de los que creen que ya saben, porque en realidad son almas muertas.

Otra de las razones por las que emprendo esta nueva travesía bloguera es mi convicción de que el fin de la Humanidad, tal como la hemos entendido hasta ahora, está próximo. No quisiera parecer apocalíptico, y no significa que vayamos a desaparecer como especie —a pesar del empeño que estamos poniendo en ello—. Desgraciadamente para este pobre planeta, todavía nos queda mucho por destruir. Humildemente quiero levantar aquí una barricada, una trinchera desde la que combatir la barbarie que nos invade como un virus, el sinsentido que parece haberse apoderado del mundo y la locura generalizada que nos lleva hacia el borde del abismo como una manada de lemmings (un mito, por cierto, lo de su suicidio colectivo, pero me venía que ni pintado).

Honestidad, respeto, belleza y amor. Los cuatro pilares sobre los que construir el presente y el futuro. Rescatar lo que quede de sapiens en la especie —no olvidemos que somos unos primates, con pedigrí, pero primates—. Recuperar el tristemente olvidado y denostado concepto de alma, libre de connotaciones religiosas, símbolo de lo más noble y elevado que alienta al ser humano en su periplo por esta vida.

Avisados estáis, terrícolas.

Bienvenidos al laberinto. 

 

 

Comentarios

Entradas populares