Se veIA venir...
Creo que ha llegado el momento de meterse en harina con un asunto que me parece de la mayor trascendencia: el auge imparable de la llamada Inteligencia Artificial.
Y quiero empezar diciendo que soy consciente de las valiosas aportaciones que esta tecnología va a traer —ya lo está haciendo— en muchos campos de la actividad humana. La capacidad de los algoritmos actuales para reconocer patrones y cotejar millones de datos tiene una aplicación inmediata y asombrosamente eficaz en el terreno de la medicina preventiva, por ejemplo. De igual forma, a la hora de gestionar logística de cualquier clase supera con creces las capacidades humanas, pudiendo reducir errores y evitar riesgos que de otra forma son mucho más difíciles de controlar. Resumiendo mucho, es innegable que la IA puede contribuir al progreso bien entendido en múltiples ámbitos, y sería una estupidez renunciar a esos avances por el tradicional miedo injustificado a las novedades.
Ahora bien, solo hay que echar un breve vistazo a la historia de la humanidad para darse cuenta de lo que venimos haciendo desde que nos levantamos sobre dos piernas y nos convertimos en la especie dominante en este pobre planeta. Cualquier herramienta, invento o descubrimiento, sea cual sea su posible utilidad o sus virtudes, termina transformándose en un arma, una droga, un veneno o una forma nueva de dar alas a todo lo perverso que nos habita. Podríamos iniciar aquí el eterno debate de si el ser humano es o no bueno por naturaleza, y tal vez lo haga más adelante. Pero no hace falta estudiar Historia o Psicología para reconocer ese fenómeno.
Durante siglos, los cambios sociales se produjeron lentamente, con tiempo suficiente para que la mayoría de la gente pudiera ir asimilándolos de una forma poco traumática. En el siglo XX ese proceso comenzó a acelerarse, y en el XXI se ha disparado meteóricamente. La noción misma de "tiempo" ha cambiado. Todo va más deprisa, tanto que nos es imposible seguir el ritmo. Y por supuesto, no queda espacio para la reflexión, el sosiego, o el análisis. El mundo actual nos exige respuestas inmediatas, y nos obliga a funcionar a una velocidad inasumible. Todavía no somos conscientes del impacto radical que ha tenido la telefonía móvil (le seguimos llamando teléfono, pero su uso inicial —llamar y recibir llamadas, es decir, comunicarse personalmente con el prójimo— ya es casi residual). Seguimos preocupados por las drogas —como es lógico— pero ignoramos la mayor de las adicciones contemporáneas. Privar a alguien de su dispositivo es como arrancarle una víscera o un miembro. Ese vínculo tan íntimo e irrenunciable tiene mucho que ver con el hecho de que sin él nos sentimos vulnerables, porque gran parte del conocimiento que manejamos a diario es tan solo un préstamo. Hemos delegado en el aparatito las funciones que antes tenían la memoria, el estudio, el intelecto en general. ¿Para qué recordar algo que puedo consultar instantáneamente desde cualquier lugar? ¿Qué sentido tiene acumular conocimientos o datos si están permanentemente disponibles a la distancia de un clic?
Y en ese panorama ya de por sí desolador, aparece la IA para decirnos que se acabó, que ya ni siquiera necesitamos pensar o tomar decisiones, que ella lo hace mejor y más rápido. ¿Alguien recuerda lo de "no me des un pez, enséñame a pescar"? Pues antes de que nos demos cuenta no vamos a saber ni siquiera lo que es una caña (como no sea de cerveza).
Contemplo estupefacto el alborozo, los vítores, el entusiasmo desmedido con que el mundo se ha lanzado en brazos del nuevo mesías que nos conducirá a la felicidad absoluta. Por si no fuera lo suficientemente perverso, se extiende la idea de que en cierto modo "democratiza" o universaliza el acceso a esa fuente casi ilimitada de poder. Cualquiera puede usar ya el "modo IA" para prácticamente cualquier cosa, y en un alarde de inconsciencia se lanzan a emplearlo hasta para tratar de resolver sus problemas psicológicos o emocionales. ¿De verdad le vamos a preguntar al algoritmo cómo sobrellevar la ruptura con la pareja, el conflicto con los hijos o los padres, si tengo que estudiar medicina o apuntarme al gimnasio? Pues si esa es tu intención, pregúntate primero quién está detrás de esa herramienta que ya es la panacea universal, el bálsamo de Fierabrás, el vellocino de oro, el oráculo de Delfos, el Santo Grial...
Por lo que a mí respecta, ya he empezado a cavar mi trinchera y a aprovisionarme de víveres y munición para esta batalla. Si alguien quiere unirse a la Resistencia será bienvenido...


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