Homo omnium rerum mensura est

 

Un frío domingo de noviembre es un día tan bueno como cualquiera para empezar a meterse en charcos. En futuras ocasiones hablaré de los misterios de la mente, pero os adelanto que la idea para esta entrada me ha venido mientras me hacía el desayuno. Del mundo en el que vivo también habrá tiempo de hablar, suponiendo que a alguien le interese, que es mucho suponer. Pero hoy he venido a comentar un fenómeno que siempre me ha intrigado —por decir algo—: el aparentemente inevitable antropocentrismo.

La famosa frase atribuida a Protágoras —"El hombre es la medida de todas las cosas"—ha sido interpretada de diversas maneras. Hay quienes piensan que se refiere a que la verdad objetiva no existe, porque cada individuo tiene la suya propia y no es posible establecer con certeza quién tiene razón y quién está equivocado. Lo que nos llevaría al problema de la consciencia, pero esa es otra historia. Para mí siempre ha significado que el ser humano se considera a sí mismo como el baremo y la referencia para evaluar la realidad, en el sentido más amplio del término. De ahí la tendencia a antropomorfizar todo lo que existe, sea real o imaginario. 

Desde un punto de vista religioso tiene bastante sentido, si crees que el Dios Creador te ha hecho a su imagen y semejanza y de paso te ha concedido el título de Rey de la creación. Aquí es donde aparece el bucle, porque del mismo modo esas mismas personas suelen tener un concepto de su dios —o dioses— absolutamente antropomórfico. Da igual que habiten en el Olimpo, en el Reino de los Cielos, o donde quiera que tengan su hogar el resto de deidades de otras culturas y civilizaciones. Obviamente, facilita mucho el culto, la oración y las manifestaciones artísticas imaginar a esas divinidades con aspecto humano. Para la inmensa mayoría de los occidentales es difícil oír mencionar a Dios y que no te venga a la cabeza la excepcional pintura de Miguel Ángel. Para un hindú, tal vez le falten brazos... 

Pero no queda ahí la cosa. También las criaturas de la naturaleza tiene que pasar por el filtro de la humanización. Los leones machos no matan a sus crías porque sean crueles, es parte de su instinto ancestral de especie. La crueldad es un rasgo humano, y como muchas otras actitudes, sentimientos o comportamientos, no es transferible a otros seres. El propio concepto de inteligencia, aplicado a los animales, ha ido cambiando en tiempos recientes para intentar acercarse a su realidad, que no es la nuestra. Por eso hubo que diferenciar distintos tipos de inteligencia. ¿Es inteligente una planta que adapta su comportamiento al entorno? Pues sí, lo es. No necesita un cerebro para eso, y tampoco es que muchos humanos sean capaces de hacerlo mejor con esa galaxia de neuronas que llevan a cuestas. 

En definitiva, el fenómeno probablemente tiene más que ver con la necesidad de reducir la realidad a términos manejables. El universo —que ya encierra la paradoja de ser infinito y estar expandiéndose— es más de lo que somos capaces de concebir. Por suerte para los matemáticos, las ecuaciones que describen la realidad caben en una pizarra, pero su verdadero significado se escapa a nuestro entendimiento. Y al final, uno va a comprar el pan y no se pregunta cómo se sentirá el trigo en su trigal...

Y por qué no, puestos a imaginar, el Monstruo Espagueti Volador es mucho más divertido.

De los mitos hablaremos otro día. 

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