El último refugio


Leía esta tarde una entrevista con el periodista Iñaki Gabilondo, del que siempre he tenido una buena opinión, por parecerme sensato, educado, culto, cabal y razonablemente ecuánime. Virtudes que debería poseer cualquiera que se dedique al periodismo, y que me temo han pasado a formar parte del museo de los valores olvidados. El bueno de Iñaki observa con horror cómo la sociedad —las sociedades, porque es un fenómeno global— se han polarizado a velocidad de vértigo, y corrobora que es una tendencia que crece imparable. Bueno, él cree que hay margen para revertir el proceso, y en eso es mucho más optimista que yo. 

La polarización, la deriva hacia los extremos en las opiniones o las ideas es fruto, siempre, de la ignorancia. La gran paradoja de nuestro tiempo es que en la época en que es más fácil acceder al conocimiento hemos decidido que es una pérdida de tiempo, que no merece la pena el esfuerzo, y que con consumir titulares y fragmentos es más que suficiente para tener una opinión. El nivel de debate en todos los ámbitos, desde el periodístico al político —por no mencionar la barra del bar— nos sitúa por debajo de muchas criaturas que pueblan la jungla o las copas de los árboles. ¿Para qué desarrollar un argumento sólido y fundado cuando basta con gritar tu consigna y aferrarte a ella, amparado en el respaldo de las visualizaciones del vídeo del que has sacado la idea? ¿Para qué confirmar la veracidad de la información que estás manejando, si eso puede poner en peligro tu certeza de estar en posesión de la verdad?

Obviamente, no es casualidad que en este momento el número de líderes de naciones influyentes (o no tanto) que padecen evidentes trastornos de personalidad haya alcanzado niveles más que preocupantes. Muchos de ellos han llegado el poder tras ganar unas elecciones, lo cual habla bastante elocuentemente de la calidad del electorado. Parece que algunos todavía no se han dado cuenta de que el poder no se alcanza con ideas, y menos aún con ideales. Y que las democracias, en general, se han convertido en una mera lucha por el poder sin más, en la que todo vale con tal de ganar, especialmente teniendo en cuenta que una vez que estés al mando ni siquiera vas a tener que gobernar, porque tu objetivo seguirá siendo mantener ese poder que tanto te ha costado lograr, y eso requiere mucho tiempo y energía. Como para andar preocupándote por el bienestar de los ciudadanos...

Vale, ya me he desahogado. La pregunta es si esto tiene solución, y qué podemos hacer nosotros al respecto. Reconozco que nunca me he sentido atraído por la acción pública, que imagino es bastante vocacional. Así que mi respuesta es la acción personal. Y eso se traduce en seguir aprendiendo, reflexionando, tratando de ser objetivo, cultivando las virtudes que hacen del ser humano una criatura digna. Desarrollando un pensamiento crítico e informado, y aferrándome a todo lo bueno que a lo largo de la historia de la humanidad hemos sido capaces de traer a la existencia. Y por supuesto, compartiendo todo eso de buena fe, intentando dar lo mejor de ti mismo a quienes te rodean. Con amor y generosidad.

El último refugio es el lugar donde habita la belleza, la bondad, la dignidad humana. Es la música, la poesía, las artes y la naturaleza. Es donde el alma descansa y se alimenta para recorrer su camino en este mundo que, nos guste o no, es el que nos ha tocado en suerte. Si queda alguna esperanza, es ahí donde se encuentra. 

Que así sea. 

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